Inestable

Hace poco he descubierto que la Fundación para la que presto mis servicios como educador nace del capital de numerarios del Opus Dei. Ante semejante descubrimiento he entendido que se amoneste a un compañero por no dar el perfil de masculinidad que la empresa busca (y yo pensando que éramos educadores de discapacitados y no participantes del concurso de machos de Madrid...). Siempre me ha dado repelús lo del Opus, un mal rollo tremendo me nace dentro, y una mala sombra creciente me germina.

Yo que he corrido delante de la policía en alguna que otra manifestación, que he intentado mantener una conciencia formada respecto a temas que me parecen vitales (deuda externa, globalización, paz mundial...), he vendido zapatos en la mayor superficie de grandes almacenes de España durante mucho tiempo, comprobando como mis ideales se iban al traste cada vez que pasaba por el lector de tarjetas las Visas. 

Yo que quiero tener fe, y que me declaro católico, me como mi propia vergüenza, ajena, ante publicaciones y comentarios de señores que adornan su cuello con blancos e inmaculados espantaputas, y que llevan condenándome mucho tiempo a bailar en la cuerda floja de mis sentimientos. Y me da francamente lo mismo que se me vea el plumero, o que se me caiga la pluma, la verdad. Sólo sé que es difícil sublimar tu sentimiento, tu sexualidad y tu fe. Que me he convertido en un trilero que se empeña en convencer a su público, y a veces siento que no soy más que un pequeño estafador.

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