Muchas son las paradojas

Muchas son las paradojas que habitan mi cabeza y mis días. Pierdo el equilibrio, y temo caerme. Quiero, y le pongo verdadero empeño, pero me levanto convertido en amasijo de hierro. De mi ser católico recojo la frase de San Pablo a los corintios "este tesoro lo llevamos en vasijas de barro". Pero mi alma de drag queen se siente como una magdalena penitente, subida a lo más alto de la plataforma, sin saber usar tacones. ¡Pobre bailarina! Paradójico, grandilocuente, tremendista, y por supuesto inestable. Pero prefiero ser así, y continuar buscando.

Sobreviví durante una temporada de mi vida vendiendo zapatos. Aprendí en aquel tiempo la importancia de saber elegirlos bien: la talla justa (un zapato holgado es tan incómodo como uno estrecho), la pala alta (el dolor que se puede producir en el empeine es horroroso), el piso de goma o de cuero (dependiendo de gustos y poderes adquisitivos), los colores adecuados (es importante combinar bien). Aprendí en aquella época que yo nunca tendría tantos zapatos, que me tendría que manejar con mis deportivas, unos para diario y otros un poquito vestidos, a lucir en ocasiones determinadas.

Como a la Leo de "La flor de mi secreto", los botines me quedan pequeños y me oprimen el corazón, como algunos recuerdos. Como la Rose de "En sus zapatos", colecciono posibilidades que encierro en un armario, esperando días mejores para salir a pasear. Tal vez mi vida acabe resumiéndose en eso: en ser vendedor de zapatos, en exponerlos, mantenerlos limpios, quitado el polvo de los expositores, bien etiquetados..., y soñando con ellos en la trastienda, buscando las ofertas, los saldos, sabedor de lo lejos que quedan los Hugo Boss o los Farrutx, contentándome con las zapaterías de Bravo Murillo, donde los vendedores no llevan traje y corbata.

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